Intervención educativa, de comunicación y cultura ambiental en los embarcaderos de Xochimilco
Transformar un territorio no es tarea de expertos: cómo Xochimilco construye soluciones desde la comunidad
Xochimilco no es un problema que requiere soluciones externas. Es un territorio vivo donde viven remeros que heredan el oficio de sus padres, comerciantes que custodian la memoria de sus abuelos, y familias cuya existencia depende directamente de la salud del ecosistema lacustre.
Durante años, la degradación ambiental en los embarcaderos de Nativitas, Zacapa, Las Flores y Cuemanco se abordó como un asunto técnico: más infraestructura, más recolección, más regulación. Pero los datos contaban otra historia. La contaminación no era solo un problema de basura. Era un síntoma de algo más profundo: comunidades que no se veían a sí mismas como protagonistas de la transformación que necesitaban.
CROP, en colaboración con SEDEMA y la Universidad Autónoma Metropolitana, decidió cambiar la pregunta. No «¿cómo limpiamos el territorio?» sino «¿quiénes son ustedes capaces de ser en relación con este lugar que los sostiene?»
Lo que sucedió después fue un desplazamiento radical. Se realizó un diagnóstico que no observaba a los actores como «generadores del problema», sino como portadores de saber, capacidad de decisión y poder transformador. Remeros, comerciantes, visitantes y autoridades fueron reconocidos en su verdadera complejidad: seres cuyas prácticas cotidianas estaban condicionadas por barreras estructurales —no por falta de intención o conocimiento.
El trabajo reveló lo obvio que nadie preguntaba: nadie en Xochimilco desea destruir su territorio. Las barreras eran reales: ausencia de infraestructura diferenciada, costos prohibitivos para opciones sostenibles, patrones de consumo normalizados, falta de gobernanza local. Pero estas barreras podían transformarse.
A través de procesos educativos diseñados desde el reconocimiento de autoridad local, comerciantes descubrieron que sus abuelos vendían en hojas de maíz —no era un cambio, era un regreso. Remeros se vieron como guardianes de un territorio que demanda protección especial. Visitantes conectaron sus decisiones de consumo con el futuro de un ecosistema de importancia global. En Cuemanco, la organización comunitaria impulsó iniciativas de compostaje local y acuerdos de gobernanza ambiental. En Nativitas, Las Flores y Zacapa, la articulación se fortaleció para construir soluciones colectivas.
Lo revolucionario no fue la técnica. Fue el reconocimiento.
Este enfoque refleja un cambio estructural en cómo CROP entiende la transformación ambiental: no como imposición de soluciones expertas, sino como acompañamiento riguroso de comunidades que reimaginan su relación con el territorio. La innovación social surge cuando se integran educación, participación comunitaria, gobernanza local, y comprensión profunda de los sistemas económicos que condicionan el comportamiento.
En Xochimilco, cada acción cotidiana de cuidado —cada remero que regula la contaminación en su trajinera, cada comerciante que recupera prácticas ancestrales, cada visitante que transforma su consumo— es un acto de soberanía territorial. Y en esa soberanía colectiva, está el modelo para resolver otros territorios, otros retos, otros futuros.
Porque transformar un territorio requiere que sus habitantes se vean como los artífices de ese cambio.